Todo comenzó una noche de verano.

Nos conocimos tarde, a eso de la media noche, cuando ya el verano pegaba sus últimos coletazos de vida. Pero temprano para conocernos, sabiendo que la vida aún nos aguardaba gran cantidad de momentos por vivir juntos. Ya que esa amistad fue perdurando durante todo el frío y duro invierno.

No olvidaré la tarde que de lejos te miré, y me pidió tu mirada lo poquito que sé yo. Ella que se me acercó y yo que se lo conté, y desde entonces algo cambió. Era mi confidente de toditos mis sueños, ella mi amiga, yo su amigo, y entre los dos, dos amigos, pero nunca... pero nunca me tenía valor de mostrarle mis sentimientos.

Yo le contaba historias, cuentos que no entendía sobre mis cenicientas, que nunca me creería. Y poco a poco supe entenderle que en alguna parte había una princesa, y presuntamente, un apuesto caballero, que más bien era un cobarde plebeyo. Hasta que éste se decidió a jugar en su mundo de diabluras.

Y jugaron a jugar en dicho mundo de princesas y caballeros, que aunque parezca mentira que con los tiempos que corren, es así como mejor se entendieron. Los dos disfrutaron de buenos y largos momentos. Hasta que un día llegó la batalla final. Ella le preguntaba que si tenía miedo a algo, él le respondió a que le mataran...

La noche fue avanzando, hasta sobrepasar la hora del sueño. Sueño que por momentos se ve seriamente amenazado para poder conciliarse por parte de alguno de los dos. Aunque si sirvió para dar un parón, que por supuesto, no tiene punto y final...

0 comentarios: