Dándole tregua a mi vida para que se acostumbrara a la monotonía, y ya muerto de calor, me decido seguir escribiendo sobre esos once maravillosos días que he vivido en la provincia de Pontevedra. Si la primera entrada que escribí sirvió de introducción y hablando en general, a partir de ahora temas específicos.
Y así hoy me toca hablar del trabajo que hemos realizado. Nos dividíamos en cuatro grupos de trabajo: huerta, iglesia, niños y ancianos. Pero que con el paos de los días se fusionaron en dos: niños y limpiar la casa. Porque al ser un campo de trabajo totalmente nuevo pues nos faltaba trabajo, y los paisanos del lugar llegaban a desconfiar de nosotros.
Lo de desconfiar no lo digo por decir, ya que una vez que me tocó visitar ancianos y gentes del lugar, cuando llamabas a una casa miraban desde las ventanas o con las puerta entre abiertas, y aunque les dijésemos que ibamos de parte del cura, no se quedaban tranquilos. Pero es que yo lo veo normal... ¡Imagina que en un pueblo pequeñito y tranquilo se presentan diez chavales en la puerta de tu casa para hacerte compañía!
Otro claro ejemplo son los niños. Por que el primer día apenas llegábamos a la decena de chavales, cosa que luego cambió y fue aumentando. Porque claro que madre va a dejar a sus hijos en manos de unos desconocidos ocupas que llegan a la casa del cura, y lo único que hacen es ir al bar-tienda y fumar pitis en la puerta.
Para la huerta no tuvimos problema, o bueno si. Los primeros días, nosotros chicos de campo en su gran mayoría, sabíamos perfectamente en distinguir las malas de las buenas hierbas, y eso el párroco nos lo agradeció eternamente. Aunque para portar ramas o rastrillas hojitas tampoco es que haya mucho que estudiar.
¿Y la iglesia? Parecíamos restauradores de un museo! Sacándole brillo a los copones y demás recipientes dorados. Lo de dorados lo digo después de trabajar con ellos porque antes eran negros! Y el tema del cementerio, mejor no lo nombro.
Y así fue nuestro plan de trabajo.
Próxima entrega: el comedor.
Y así hoy me toca hablar del trabajo que hemos realizado. Nos dividíamos en cuatro grupos de trabajo: huerta, iglesia, niños y ancianos. Pero que con el paos de los días se fusionaron en dos: niños y limpiar la casa. Porque al ser un campo de trabajo totalmente nuevo pues nos faltaba trabajo, y los paisanos del lugar llegaban a desconfiar de nosotros.
Lo de desconfiar no lo digo por decir, ya que una vez que me tocó visitar ancianos y gentes del lugar, cuando llamabas a una casa miraban desde las ventanas o con las puerta entre abiertas, y aunque les dijésemos que ibamos de parte del cura, no se quedaban tranquilos. Pero es que yo lo veo normal... ¡Imagina que en un pueblo pequeñito y tranquilo se presentan diez chavales en la puerta de tu casa para hacerte compañía!
Otro claro ejemplo son los niños. Por que el primer día apenas llegábamos a la decena de chavales, cosa que luego cambió y fue aumentando. Porque claro que madre va a dejar a sus hijos en manos de unos desconocidos ocupas que llegan a la casa del cura, y lo único que hacen es ir al bar-tienda y fumar pitis en la puerta.
Para la huerta no tuvimos problema, o bueno si. Los primeros días, nosotros chicos de campo en su gran mayoría, sabíamos perfectamente en distinguir las malas de las buenas hierbas, y eso el párroco nos lo agradeció eternamente. Aunque para portar ramas o rastrillas hojitas tampoco es que haya mucho que estudiar.
¿Y la iglesia? Parecíamos restauradores de un museo! Sacándole brillo a los copones y demás recipientes dorados. Lo de dorados lo digo después de trabajar con ellos porque antes eran negros! Y el tema del cementerio, mejor no lo nombro.
Y así fue nuestro plan de trabajo.
Próxima entrega: el comedor.
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